Esteban Seimandi: “Mis influencias como escritor son más musicales que literarias”

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SeimandiLa relación entre la literatura y la publicidad no es nueva. Grandes autores como Fogwill, Ana María Shua o Guillermo Saccomanno dejaron su huella en y su pluma para vender productos antes de convertirse en reconocidos escritores. Esa relación dio un nuevo fruto: Esteban Seimandi, un publicista crespense, que es también uno de los ideólogos del original Proyecto Cartele, que recientemente publicó el quinto libro.

 

Seimandi entrega a los lectores su primera novela, cuyo origen es un blog: “Todas las generalas servidas del mundo” (Alfaguara), una historia que tiene como protagonista a un publicista que viaja a México a dar una conferencia. Hasta ahí la presencia de la publicidad, a partir de ese momento nace la literatura en toda su expresión. El protagonista es invitado por un extravagante mexicano a ver una riña de gallos junto a otro publicista argentino que también llegó hasta ahí. Esa noche comienzan a desencadenarse los hechos que abrirán una aventura que terminará en Tijuana. Acompañada por fotos y por el ritmo de la música que el autor incluye una y otra vez a lo largo de la historia, Seimandi brinda una primera novela que es mucho más que eso: es la presentación de un autor que seguramente ofrecerá muchas páginas a la literatura argentina. En diálogo con Infobae dijo:

 

—En la literatura argentina son varios los autores que compartieron su escritura con la publicidad. ¿Cómo conviven?

—Todos los publicistas entramos engañados a la publicidad, pensando que tiene una forma más cercana al arte y que vas a escribir y que vas a usar herramientas literarias. Luego te encontrás años después vendiendo salchichas y decías: “Ah, no era una tarea tan artística”. Pero te da mucha uña de guitarrero, la capacidad de escribir contra el tiempo, porque las cosas tienen que salir y entonces el nervio de la página en blanco no desaparece, pero se va apaciguando. Eso, más la capacidad de síntesis y el trabajo con la imagen, pero además se escribe para algo: el objeto terminado que uno escribe no es una pieza literaria, sino que es un guion para ser filmado, entonces uno trabaja siempre con mucho resguardo. En cambio, en la literatura uno es uno. Conviven más o menos, a veces te ayuda y a veces te mantiene en esa idea de “Mientras siga en la publicidad estoy seguro y cuando me meta en la literatura, voy a estar demasiado expuesto”.

 

—¿La redacción publicitaria como lugar de seguridad y la literatura como el espacio de la incerteza?

—Exactamente.

 

—¿El origen de esta novela fueron unas cuantas fotos que sacó en un viaje?

—Como publicista me habían invitado a dar unas conferencias en México y saqué muchísimas fotos, porque ahora con la fotografía digital uno se vuelve un fotógrafo estadístico: sacás fotos y alguna va a quedar bien y entonces sacás muchas fotos de más. Un día, ordenando mi carpeta de fotografías, encontré estas fotos y empecé a escribirles como un epígrafe a cada una que era para recordar ese viaje. De pronto, en una apareció la mentira, apareció la ficción y ahí hice un epígrafe falso de cada foto y dije: “Acá hay algo” y ordené todas las fotos como una especie de storyboard, un formato de lenguaje preparativo para el cine y empecé a escribir lo que sucedía entre foto y foto. Cada semana iba publicando una foto y el texto que explicaba esa foto totalmente falsa, pero que usaba a la foto como si fuese una prueba totalmente espuria de lo que sucedía en el texto. Toda la semana publicaba una foto y una especie de capítulo; de pronto apareció un premio, que no era el Clarín y después fue ese. Y dije: “Voy a terminar esto como formato de novela para presentarlo, con eso traído de la publicidad, el deadline, que te ayuda a inspirarte”. Ahí lo bajé del blog.

 

—Muchas veces se escucha que la imagen es la prueba de lo real y usted forzó esa supuesta realidad que transmitían las fotos.

—Viviendo en el mundo del Photoshop, de la edición y de los efectos especiales, todavía es increíble cómo pueden seguir funcionando como pruebas. Quería reflejar eso en la novela y también quería reflotar el espíritu de las novelas tipo Robin Hood, esos libritos de esa colección donde cada tanto había una ilustración que era un respiro de la lectura. Como es esencialmente una novela de aventuras, sentía que tenía que tener ese espíritu.

 

—Usted la define como novela de aventuras, pero le pido que me permita agregar que este texto se nutre de texto, por supuesto, imagen, con las fotos de las que habló y también con música, de la que hay mucha referencia y le da ritmo.

—Mis influencias como escritor son más musicales que literarias: escribo con música, me inspiro con música. Más de una vez dije que le debo a [Luis Alberto] Spinetta un montón de cosas y ahora estoy en el duelo de la muerte de [David] Bowie. Para escribir me gusta poner música con idiomas que no comprendo, entonces voy sacando palabras que creo adivinar el significado, música con palabras en alemán o francés, que no entiendo demasiado pero algo puedo adivinar. Quise poner momentos musicales, en general los momentos de transición del personaje de un estado de tranquilidad hacia la incertidumbre, porque la música aparece en momentos en que el personaje está perdiendo el control, algo de eso tiene la música.

 

—¿La música le da el ritmo a la novela?

—La idea era buscar una escena de corrido mexicano como las road movie americanas que le ponen western o country. Dije: “Esto sucede en México y tiene que tener un ritmo más mexicano”, y tiene la música movida y rítmica y la canción quejumbrosa que tiene México. Al final, la mezcla de la música mexicana con la electrónica, porque hay unas bandas increíbles en Tijuana.

 

—En algunas de las escenas del libro recordé los narcocorridos.

—Claro, hay uno muy famoso que decía: “El día que la mataron, María andaba de suerte, de seis tiros que le dieron nomás uno era de muerte”. Ese humor que tienen al enfrentar a la muerte era un espíritu que quería reflejar.

 

—Eligió como escenario de la novela un espacio único en el mundo, que es esa franja de frontera entre México y Estados Unidos, cruzada por el narcotráfico, que uno imagina caótica y donde lo imposible ocurre.

—Es ese lugar surrealista que los tijuanenses llaman la tercera nación, que no es ni México ni Estados Unidos y que al mismo tiempo es una zona de resistencia donde la cultura es muy potente. Es como la última línea de defensa, pero también es una relación simbiótica porque hay gente que vive en Tijuana y trabaja en Estados Unidos y al revés. Los norteamericanos compran sus remedios, su alcohol y su diversión en México y los mexicanos compran los televisores que se fabrican en México, pero se venden en Estados Unidos. Más allá de la crueldad del cruce de la frontera y de los muertos ahí, hay cosas como que los que viven en Tijuana tienen como un paso de vecindad con el que pueden entrar y salir tranquilamente, sin ningún tipo de problemas de aduanas o de migraciones. Es una cosa de mucha interacción, sobre toda esta franja de edades, por la diferencia en la edad mínima para beber entre un país y otro: en Estados Unidos no pueden tomar alcohol los menores de 21, en México los menores de 16, entonces esa zona de Tijuana y la frontera mexicana es la zona donde los gringos entre 16 y 21 años tienen permitido todo, es la zona de la libertad y eso los mexicanos saben aprovecharlo muy bien.

 

—Algo de esto cuenta el tijuanense de la novela y lo define: “Los gringos vienen a sacarse las ganas de humillar”. ¿De qué se trata?

—Viene el gringo a decir: “Yo soy dueño de alguien con mi dinero” y la actitud presuntamente servil del mexicano es absolutamente estudiada. El “Mande, señor” que dicen es la actitud presuntamente humilde, pero al final del día el gringuito americano se va borracho y sin un peso y el mexicano termina contando los billetes.

 

—Dijo recién, y también lo escribe en la novela, que lo llaman tercer Estado.

—Es más, lo cuento en la novela, hay una franja donde el límite legal de México y Estados Unidos está adentro de México. El muro que separa Tijuana de San Diego está como trescientos metros adentro en territorio estadounidense. Esos trescientos metros entre el muro y la frontera real son territorio estadounidense, pero no hay nada, es desierto y vos podrías estar ahí y nadie te pide nada.

 

—La novela se compone también de dos primeras voces muy contundentes, la del protagonista argentino y la del tijuanense, ambas con todas las tonalidades propias de cada región. ¿Cómo las trabajó?

—Me gusta muchísimo la cultura mexicana, fui tres o cuatro veces a México y te enamora esa forma de hablar. Con mis amigos mexicanos muchas veces nos entendíamos más en ingles que en español en determinadas cosas. Por ejemplo: “Me quiero comprar una campera”. Para ellos no existe la palabra campera, ni la palabra remera. O los insultos, nosotros tenemos palabras que ellos no comprenden y a la inversa. Por ejemplo, el uso de la palabra madre. “Me vale madre”, “poca madre”, “padrísimo”, son como rangos de algo que está muy bien o que está muy mal. Algo que está “de madre” está mal y “de poca madre” está muy bien. Es raro ese uso del lenguaje y lo tuve que estudiar e investigar.

Con respecto a la voz del narrador, también me basé en la música: había encontrado una canción de una banda norteamericana con una frase que me encantó, que decía: “Voy a pelear, voy a golpear, voy a gritar, voy a luchar como un desgraciado para que nadie se dé cuenta de que ya me rendí”. Esa dualidad me parecía que era un buen tono para mi personaje, que es una especie de héroe inepto que simula y nunca está tomando el toro por las astas. No es un héroe que va encarando las cosas, es más un antihéroe y esa idea de disimular que ya me rendí era muy interesante como planteo de personaje.

 

—Ese, por un lado, pero hay otro argentino muy arrogante y entonces uno puede leerlo como las dos caras de la Argentina. ¿Es así?

—Empecé a trabajar esta novela con la idea de ese argentino que odiamos cuando viajamos al extranjero. Al principio no tenía mucha forma y debo confesar que lo escribí odioso, sin saber por qué. Había estudiado con Mauricio Kartun desarrollo de personajes y me pareció maravilloso el planteo que propuso: tener que ver en qué momento de la vida del personaje tuvo su momento de gloria, para darte cuenta si el protagonista todavía no lo vivió y le está por venir. Esencialmente el protagonista es un optimista que quiere cambiar las cosas, porque el protagonista siempre es revolucionario, el antagonismo vive un momento de gloria en el presente, es el que hay que derrotar de alguna manera. Él decía que el protagonista siempre tiene alguien que lo frena, que lo lleva hacia el pasado y es aquel personaje cuyo momento de gloria estuvo en el pasado. Es el que lo retiene en el statu quo, es el que hace los chistes. Estuvo creado en ese perfil, era un tipo en el que el momento de gloria había estado en el pasado. Viene de glorias pasadas. Tenía esa idea y en un momento estaba escribiendo en el blog y como surge lo del premio Clarín y dije: “Lo voy a bajar y le voy a cambiar el título”. No lo tenía y con mi hija, que es una especie de fanática de la ciencia ficción y el cosmos, un día me pregunta: “¿Qué diferencia hay entre lo improbable y lo imposible?”. Le digo: “Lo imposible es algo que no puede suceder nunca y lo improbable es algo que es muy difícil que suceda, pero que puede suceder”. Ella me dice: “Como que alguien saque todas las generalas servidas del mundo”. Y lo anoté en el papel y dije: “Esto lo voy a usar alguna vez, porque es genial”. Mientras tiraba títulos y no me salía nada, encontré el papelito y dije: “Este es el título”, pero no tenía nada que ver con mi novela y entonces me puse a escribir un capítulo en donde algún personaje pudiera meter esta frase y ahí encontré la historia de Sancho, el otro argentino y le encontré la profundidad. Encontré el porqué de su carácter odioso y su pelea con la vida. El azar me ayudó.

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