En Argentina, la erosión de la tierra afecta al menos un 40% de su superficie

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Constituido por 45% de material mineral, 5% de material orgánico y 50% de espacio poroso ocupado por aire, agua y microorganismo, el suelo es fundamental para el desarrollo mundial en seguridad alimentaria y la provisión de servicios ecosistémicos, como por ejemplo el filtrado de agua y el secuestro de carbono. “El suelo es un recurso natural biogeoquímico dinámico que soporta todos los componentes que comprenden los ecosistemas terrestres”, explicó Miguel Taboada, director del Instituto de Suelos del INTA Cautelar. En Argentina, la degradación y erosión de las tierras afecta al menos un 40% de su superficie, según datos del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca. En este contexto, el buen manejo de los suelos, con un enfoque productivo y conservacionista, permitirá mantenerlos en buenas condiciones físicas, químicas y biológicas para satisfacer la demanda de aire, agua y nutrientes de los diferentes cultivos.

Por su parte, José Luis Panigatti –investigador de suelos del INTA– explicó que “el área erosionada total en la Argentina ronda las 60 millones de hectáreas; es decir, el equivalente de 51 veces la superficie de las Islas Malvinas o de nueve provincias de las más chicas de producción, dado que la tecnología actual y los precios de los productos hacen que sectores con erosión leve o moderada logren mantenerse en el sistema productivo y comercial, aunque no sustentable ni sostenible”.

Los suelos, enumeran estudios del INTA, pueden ser mejorados con la rotación de cultivos, la alternancia agrícola-ganadera, el uso racional de fertilizantes y agroquímicos, la incorporación de residuos orgánicos, abonos verdes o cultivos de cobertura, residuos de cosecha o rastrojos, el uso de la siembra directa o sin laboreo. El cumplimiento de estas prácticas posibilitará una estabilidad de los rendimientos y una producción agropecuaria con crecimiento sostenido.

De acuerdo con el director, la agenda global debe centrarse en incrementar la productividad de los suelos para mantener la producción de alimentos, rehabilitar agroecosistemas degradados, evitar la ocurrencia de “efectos colaterales” –degradación por acidificación, salinización, erosión– y proveer técnicas de manejos sustentables que sean económicamente aceptables.

Uno de los procesos que desencadenan la desertificación es la erosión eólica: el transporte y arrastre de partículas de suelo por el viento, explican los técnicos de la red de monitoreo y control de la erosión eólica del INTA. Producen cambios en diversas propiedades de los suelos que disminuyen su productividad en forma irreversible.

 

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