Cómo educar a los hijos: La difícil tarea de poner límites a los chicos

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cuidar hijosPuede llevar horas de charla en el ámbito familiar o académico. Es difícil llegar a un consenso al respecto. Todo tiende a indicar que en los tiempos que corren se busca que la palabra sea la herramienta que debe usarse en la educación de un niño, considerado sujeto de derecho. También la legislación se ha ocupado del tema, a través del proyecto de reforma del Código Civil. Pero hay una disidencia sobre todo generacional, algunos viejos dirán “antes no nos consultaban tanto, nos daban un buen chirlo y marchábamos derechito”.

Un informe de Unicef advierte que en América Latina, uno de cada cuatro padres apela al golpe para disciplinar a su hijo, en la Argentina es un poco más halagüeño el panorama, ya que esa proporción es de uno cada siete.

A partir de ese dato la ONU solicita a los Estados parte que tomen cartas en el asunto para que no se menoscabe la integridad física, moral o psicológica del niño.

Qué puede hacerse cuando las urgencias de la vida llevan a “abreviar” en un golpe el deseable proceso de comprensión a través de la palabra, cómo puede el Estado legislar en una cuestión íntima y leve cuando está desbordado de casos de violencia extrema.

 

Al respecto, Pedro Alberto Marangoni, Licenciado en Psicología, quien actualmente se encuentra trabajando con personas en situación de calle, brindó diversos conceptos.

 

-¿Es necesario ponerle límites a los chicos? ¿De ser así, de qué manera se hace?

-Para muchos padres la necesidad de marcar los límites, imponerle prohibiciones, sanciones a conductas que socialmente son consideradas inapropiadas o reprobables para el entorno que lo rodea, resulta imprescindible. Esto es así, ya que es la manera que comúnmente encuentran los padres para procurar en el niño el desarrollo del sentido de lo que está bien de lo que está mal, de lo que es correcto y de lo que es incorrecto. En este sentido, los padres pretenden incidir en la conducta de sus hijos para que logren una adaptación al medio social del cual forman parte. Los modos o formas de imponer límites no resultan en muchos casos los adecuados para obtener los resultados buscados. En otras palabras, se pretende que los niños se comporten correctamente, sean aplicados, obedientes y acaten las normas exigidas por los mayores. En ese aspecto no sólo se trata de adaptarse al mundo, sino también de formar parte de ese mundo que exige adaptación.

Hasta aquí me he referido a cuando el niño pone en manifiesto conductas que son reprobadas socialmente, pero además hay situaciones en las cuales la acción realizada por el niño puede atentar contra su integridad física, como por ejemplo el colocar el dedo en un enchufe. Ante esta actitud solemos sancionar con un no, que marcaría un límite, una barrera que indicaría que no debe hacerlo. Por tal razón considero que si bien en muchos casos es propicio marcar los límites, hay que ver de qué manera se intenta realizarlo.

 

-¿Qué hay de aquel viejo dicho de que un buen chirlo a tiempo evita futuros problemas?

-Estos golpes suaves que llamamos comúnmente chirlos suelen estar acompañado por la frase: “Esto me duele más a mí que a vos”, que no sólo indica que ese golpe produce dolor que resulta ser más físico en el niño, sino en los mismos padres o tutores por propinarlo. Hay que considerar que las palabras también pueden producir dolor que suelen dejar una marca, una huella, no sólo en los niños, sino también en los adultos.

Los efectos que produce la palabra en la subjetividad de una persona son muchas veces desatendidos. Las palabras de las cuales se hace uso para marcar límites a una acción, suelen operar como una sanción. Es por ello que considero importante destacar que no solamente la palabra, sino el gesto, la mirada operan también como sanción.

 

-¿Es cierto que un chico que es maltratado en la casa traslada ese patrón a la escuela siendo un chico golpeador o agresivo con sus pares?

-Si hay situaciones de agresión en el ambiente familiar, el niño podría adquirir o no una actitud de sumisión ante la autoridad de los padres. En este caso puede ser que no se manifieste con sus compañeros de escuela. Se debe tener presente que cuando hay violencia en el ambiente familiar, sin duda se ponen en manifiesto en la conducta del niño.

 

-¿Qué reflexión le merecen comentarios del tipo, “más que sus padres somos sus amigos”?

-Que los padres sean amigos de sus hijos trae aparejado la indistinción de los roles. En otras palabras, no es el mismo lugar el de padre que el de amigo. Son muy distintos, y no se debería confundir. Los padres suelen representar no sólo una figura de autoridad, sino que para el niño constituye en muchos casos un ideal, un modelo a seguir. Si en cambio los padres se comportan como amigos decae la autoridad de su figura.

 

-¿Qué pasa con el adulto que ha atravesado alguno de los dos extremos del modelo? Es decir, el que ha recibido chirlos de niño o aquel al que se le ha permitido todo.

-Si bien el primer encuentro del niño es con el entorno familiar que constituye el primer núcleo afectivo y de socialización, posteriormente entrará en contacto con un círculo social más vasto en donde habrá otras identificaciones en juego. Por lo tanto no sería preciso determinar si tales acciones producen tal o cual efecto en la subjetividad.

 

-¿Cómo se corrige a un niño que no responde a la persuasión mediante la palabra?

-En mi opinión, no pienso que se trataría de persuadir, sino de lograr que el niño se adapte de la mejor manera posible al ambiente familiar y social del cual forma parte. Esto es, que haya un acompañamiento de la familia, no sólo en socialización, sino también en las dificultades que pueden afectarlo.

En cuanto a cuáles son las maneras de corregir determinada conducta, es relativo, en cuanto que va a depender de cuál es la problemática que presenta el niño y si esto es así. También se debe tener presente de dónde procede una demanda de análisis en el caso de que el comportamiento del niño afecte al ambiente del cual forma parte.

 

Los paradigmas cambian, sobre todo a partir de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño. El proyecto de reforma al Código Civil intenta correr el eje del “poder de corrección de los padres” y cambiarlo por el deber de “prestar orientación y dirección”. Pablo Barbirotto, abogado especialista en Derecho Penal, Defensor de Pobres y Menores, también dio su opinión.

“Este tema está plasmado a nivel nacional en una ley que es la 26.061 que es la Ley de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes y ahí se empieza a establecer algún tipo de parámetro. Esta ley prohíbe el maltrato físico, psicológico o moral respecto al niño y también hay un informe realizado por UNICEF” (mencionado más arriba).

“Ésta es una cuestión que puede ser bastante conflictiva –admite Barbirotto- porque se dice que se pierde la autoridad de los padres respecto a la educación de sus hijos, que son de la esfera privada. Y que estos actos tienen que ser con moderación y no en forma repetitiva y con extrema violencia”. Se trata de no avanzar sobre la privacidad en el ámbito familiar porque podría suponerse un avance sobre la autoridad de los padres. “Habría que ver si un chirlo o un tirón de orejas sería menoscabar la integridad del chico, yo soy partidario de la palabra, de evitar todo tipo de violencia”, dice Barbirotto en diálogo con El Diario.

Aclara el especialista que a partir de que el chico es considerado sujeto de derecho, el diálogo, la palabra es la herramienta para que pueda aprender. “Uno podría suponer que viola la norma constitucional sobre la privacidad de las personas, pero el Código legisla sobre estas cosas porque hasta un abuso sexual dentro del ámbito de la intimidad es considerado, la violencia familiar, el maltrato infantil”, subraya.

“El tema es tomar al niño como sujeto de derecho y evitar que la herramienta de castigo sea el cuerpo, porque se ha notado que desde el punto de vista psicológico esto trae consecuencias a largo plazo. Todo es discutible, muchas veces se dice que un chirlo a tiempo puede evitar otro tipo de cuestiones pero se trata de que el instrumento sea la palabra y de evitar el golpe”, manifiesta con meridiana claridad el abogado.

El tema es cómo hace el Estado para poner en práctica este contralor. “Se da un mensaje, seguramente, esto será acompañado de otro tipo de legislación dentro del ámbito de la protección integral de la niñez y la adolescencia.

En el articulado dice que se puede recurrir a los servicios de protección que brinda el Estado. Ante esta situación, que puede ser una situación leve, recurrir al Estado -cuando el Estado tiene situaciones de violencia extrema- puede parecer exagerado. Cómo hacemos para atender esas cuestiones, entonces, cuando los organismos administrativos están desbordados de situaciones de abuso, de maltrato grave”, se pregunta.

“Yo aplaudo este tipo de medidas que es hacia donde debemos apuntar. El tema cómo será controlado para que sea factible, ya escapa al ámbito del derecho, hay que implementar los organismos necesarios para que se pueda instrumentar”, aduce.

Unicef miraba con preocupación hace 20 años atrás que “el tirón de oreja era la regla más que la excepción ante una macana. En la Argentina se decía que esta cuestión se repetía más llegando hacia fin de año, donde se suma el cansancio de los padres”, ilustra.

Hay otro tema muy preocupante que exige a los padres poner todo el empeño en orientar a sus hijos y la trae a colación el doctor Barbirotto: “Muchas veces cuando el chico sabe que enfrentará un castigo tiene miedo de volver a su casa. Entonces permanece mucho tiempo en la calle y con malas compañías, donde se siente más comprendido a pesar de que no es una buena influencia. Puede traer como consecuencia el uso de la droga”.

“Está bien que se dicte la norma, pero esto no va a ser la solución absoluta. Quizás habría que hacer una escuela para padres”, comenta casi risueñamente el doctor, ante el insoluble problema de que los hijos no vienen con manual de instrucciones.