La increíble excusa de Harvard para no aceptar estudiantes asiáticos

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Los estudiantes asiático-americanos no son simpáticos. Este es el meollo del asunto en un templo de sabios como Harvard. De inmediato surge la pregunta. ¿Qué tendrá que ver la simpatía, cosa más que susceptible, subjetiva y opinable, con el rendimiento académico?

Esta cuestión se la planteó una organización sin fines de lucro –Students For Fair Admissions (SFFA), o estudiantes por unas admisiones justas– para emprender su iniciativa. La SFFA presentó el pasado viernes en los tribunales federales de Boston una demanda contra la famosa universidad de Massachusetts en representación de un colectivo de esos aspirantes de origen asiático. A estos los rechazan en un porcentaje muy superior a los blancos y por encima de negros o hispanos, a pesar de que sus calificaciones intelectuales sean superiores.

De manera consistente y reiterada, siempre según ese texto, Harvard clasifica a esos solicitantes con escalas más bajas que otras por razones de lo que denominan “personalidad positiva”,que por supuesto no existe examen o test alguno que lo determine. Nada certificable.

Bajo ese concepto se incluyen, además de la simpatía, conceptos como el encanto, el coraje, la amabilidad o ser ampliamente respetado, tal como consta en el análisis realizado sobre más de 160.000 estudiantes con que la citada organización ilustró su texto legal.

Los asiático-americanos logran puntuaciones que están por encima de las de cualquier otro grupo racial a la hora de las admisiones, tanto en las pruebas escolares como en la actividades extracurriculares, siempre a partir de esa indagación del SFFA, que se opone al criterio basado en la raza. Sin embargo, este colectivo de estudiantes han visto que Harvard rebaja de forma notable sus posibilidades de ser admitidos.

Merchandising. Tazas con el logo de la famosa universidad, en Cambridge, Massachusetts./ Reuters

Los documentos aportados a la causa muestran que el propio centro realizó una investigación interna sobre su política de admisiones en el 2013. Detectaron entonces que había prejuicios contra este colectivo, pero Harvard nunca lo hizo público ni tomó medida ­alguna.

Esta iniciativa judicial se produce en un momento en que la raza, la etnicidad, los sistemas de examen y la igualdad de oportunidades en el proceso de admisión se han convertido en materia de confrontación de las escuelas a lo largo de toda la geografía, desde los institutos de bachillerato de Nueva York hasta las universidades más prestigiosas.

Harvard niega discriminación

Harvard respondió de manera contundente. Replicó que el análisis de sus expertos exhibe que no hay discriminación alguna y que perseguir la diversidad entre sus alumnos es uno de sus valores. Sostuvo en un comunicado que sus ratios de asiático-americanos han ido creciendo. Este colectivo suma el 22,2% de las admisiones, informa la web de la universidad, en tanto que los afroamericanos ascienden al 14,6%, los hispanos el 11,6% y los nativos americanos el 2,5%. Los blancos se quedan un poco por debajo del 50%.

Pero los litigantes aseguran que “Harvard mantiene hoy en día el mismo tipo de discriminación y estereotipos que empleó para justificar las cuotas de los solicitantes judíos en los años veinte y treinta del pasado siglo”.

La SFFA indica que hay evidencias de que esta prestigiosa universidad de la Ivy League –lo más en Estados Unidos–, y la más antigua del país, se sirve de un sistema de equilibrio racial en el que “utiliza la raza como algo mucho más que un factor positivo y carece de interés por explorar una alternativa neutral”, señala.

Ese factor positivo alude al fallo judicial respecto a una acción en que se ayuda a las minorías para conseguir una plaza universitaria. “Lo que Harvard no admite es que la raza no sólo es un elemento importante, sino que es el dominante en la admisión de hispanos y de afroamericanos”, insiste.

“Un solicitante asiático-americano, con un 25% de posibilidades de admisión, tendría un 35% de ser blanco, del 75% si fuera hispano o del 95% de ser negro”. (Francesc Peirón, Nueva York, corresponsal. La Vanguardia).