Crespo: Pastores y un sacerdote dejaron su reflexión por Semana Santa

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Visitaron esta semana el “Centro Periodístico de Entre Ríos”, el Padre Julio Fáes (sacerdote de la Parroquia Ntra. Sra. del Rosario), el pastor Timoteo González (Iglesia Adventista), Darío Dorsch (Iglesia Evangélica del Río de la Plata) y Antonio Penella (Iglesia “Comunidad Cristiana”), quienes dialogaron con el Cont. Fernando A. Huck, director de El Observador, dejando una reflexión por las celebraciones de Semana Santa, una fecha muy especial para los cristianos y brindaron sus opiniones sobre temas candentes que inquietan y preocupan a la sociedad.

– ¿Qué punto de vista le dan desde lo bíblico a Semana Santa?

– (Penella) La Pascua es el eje de nuestra fe. Es tan importante este tiempo, que no solamente hay que tenerlo en cuenta en las misas, cultos o reuniones que tengamos. Es un tiempo para que la Iglesia alce la voz, para proclamar y predicar a Cristo, no solamente crucificado, sino resucitado, sentado a la diestra de Dios Padre…

– (Dorsch) Es un momento para pensar en ese Dios que se hizo hombre, que se entregó por nosotros. En una sociedad donde convivimos con la envidia y el odio, hay que dejar ese vacío que tenemos, para que en estas Pascuas sea llenado por el amor de Dios y ver cómo entre todos podemos cambiar una sociedad en la que tenemos serios problemas. Tanto Navidad como Semana Santa, son las 2 fechas más importantes para la cristiandad, pero esta última, tiene un tinte especial. En nuestra Iglesia, la feligresía tiene durante el año una participación muy activa, pero en Semana Santa es mucho mayor. Los cultos se hacen en el “Salón Esperanza”, con 900 a 1.000 personas. Es el momento para mostrarnos que estamos caminando con espíritu solidario, un tiempo para demostrar que la Iglesia se está renovando y en el que hay que darle a la gente un mensaje de esperanza. Un viejo profesor y pastor mío, decía que “el ser humano recibe las pálidas en el trabajo, en el banco, en la sociedad en general y la Iglesia, tiene que ser un lugar donde poder recibir ese Espíritu Santo y llevarse esperanza para su casa y su vida cotidiana…

– (Fáes) En Semana Santa hablamos de ese gran amor que Dios tuvo para con nosotros. Es una fecha donde la feligresía católica busca mucho la confesión, para llegar en gracia a la Semana Santa. Hablamos de ser capaces de abrir el corazón y convertirnos…

– (González) Es un buen momento para reflexionar. Tenemos que darnos el lugar en la familia para charlar acerca de la Semana Santa, para conversar sobre lo qué significan las Pascuas, de que tenemos que andar por el camino correcto, que hay que buscar a Dios. Y algo importante es el perdón, que es un regalo de Dios…

– Los 1.500 millones de cristianos en el mundo, toman a este tiempo para hacer turismo y no como algo espiritual…

– (González) Sí. Encontramos en el antiguo testamento el “diluvio universal”, un tiempo donde la gente se había alejado totalmente de Dios. Es decir, no es nuevo que el hombre se aleje de Él, es algo que ha ocurrido en el pasado. Si uno reflexiona la venida de Cristo y la experiencia del pueblo hebreo, ellos lo entregaron para que Jesús sea crucificado. Acá estamos en un cuadro de olvidos, de mucha confusión, de muchos errores, de un desconocimiento espiritual  increíble de parte de la humanidad. Los pastores, el clero en general, tenemos la gran responsabilidad de poder influenciar a través de la predicación y nuestro estilo de vida, para llevar a que la persona vuelva a Dios…

– (Dorsch) Los 10 mandamientos nos llevan por un camino por el cual Dios nos va guiando. Hay momentos en el que nos desviamos, pero la misma sociedad se va auto-corrigiendo y ahí las iglesias deberíamos jugar un papel preponderante. Hay veces que nos empantanamos en luchas internas y damos un anti-testimonio a la gente. En nuestras prédicas en las misas y cultos, tenemos que trabajar en eso y en mostrar que la Iglesia se va transformando y de que hay un camino de esperanza…

– En vuestros cultos y misas, ¿hablan también de las realidades que tanto preocupan a la gente?

– (Fáes) Uno va aprovechando las realidades actuales para transmitir un mensaje. Hay gestos muy lindos de las Iglesias trabajando en conjunto, aunamos criterios y con un mensaje central que es la vida. Inevitablemente cuando llega Semana Santa, uno se refiere a lo propio del ministerio pascual, pero tiene que estar atento a poder hablar de los grandes problemas sociales actuales, porque muchas veces vamos por las ideas teológicas y no bajamos a esta problemática concreta, que la sociedad vive, sufre y carga. Hay que unificar lo espiritual con la realidad. Por ejemplo, hoy se está viendo cómo nos hemos unido en contra de la legalización del aborto, un tema que nos desafía…

– ¿Son conscientes de las deserciones de asistentes en las iglesias?

– (Fáes) Uno escucha sacerdotes de más edad o a nuestros propios abuelos decirlo y proporcionalmente, podría decirse que sí. Pero en celebraciones especiales como Semana Santa, vemos como notablemente aumenta la participación. En las confesiones hemos visto a mucha más gente en comparación de otros años. Puede ser por fundamentos de fe o por cuestiones económicas. Pero por muchos factores que golpean, esa gente que estaba alejada de Dios, está regresando…

– ¿Los problemas económicos o sociales hacen que la gente vuelva a la Iglesia en busca de una ayuda?

– (Dorsch) No sé si es por la situación económica o por otros aspectos puntuales, pero la gente busca en la palabra una salida. Nuestros pastores antiguos dicen que los templos estaban llenos, pero también antes era un mercado cautivo. A mí de chico no me daban la posibilidad de no ir al culto. Y además, una vez por mes iba toda la familia y se hacía por tradición. Hoy la obligación desapareció, va el que lo siente y necesita. Esa tradición la estamos perdiendo y el que va, es porque necesita de la Palabra de Dios. En nuestra Iglesia y en otras, tenemos muchos jóvenes en los cultos, con ganas de participar. En este tiempo de Semana Santa, tenemos siempre la Iglesia llena…

– (Fáes) En la gente hay mucha carga de angustia. Necesita hablar y se notan muchas lágrimas en la confesión. Eso expresa un dolor de las almas, puede ser por un proceso de separación, duelo, enfermedad. Generalmente uno trata de aconsejar prudentemente, pero no puede decidir por la persona…

– ¿Se usa cada vez menos el confesionario?

– (Fáes) Se sigue utilizando, pero en mi caso, suelo buscar otros espacios, como por ejemplo un escritorio, un banco y he descubierto que la gente lo sufre menos y disfruta más de la confesión. El lugar propio es el confesionario, pero a los jóvenes les cuesta ir a ese lugar, porque lo relacionan con un lugar de oscuridad, donde hay que contar lo que hice mal…

– (Penella) Nosotros no formalizamos un tiempo en particular para confesar, aunque la fecha puede ser propicia y conduce a hacerlo. Lo cierto es que los 365 días del año, tenemos que estar abiertos para hacerlo. Un pasaje de proverbios dice: “Quien cubre sus pecados no prosperará, más el que los confiese se aparta y alcanza misericordia”. La confesión es clave y en Primera de Juan dice: “Si confesamos nuestros pecados, es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. Confesar significa decir lo que hice, ya sea porque me enojé, me puse violento, pero no justificar. Lo segundo es el arrepentimiento, porque uno dice lo que hizo y no es remordimiento lo que le queda, porque le dejé los cinco dedos marcados a alguien, sino tiene que ver con arrepentirse adelante de Dios, porque el pecado es para con Dios y luego para la persona a quien ofendí. Y también está la restitución, quien roba, no solo tiene que decir que se arrepiente, tiene que devolver lo que robó…

– Algunos creen que la confesión hay que hacerla solamente ante Dios, no a un cura o pastor…

– (González) Pastoralmente atendemos situaciones cuando las personas necesitan hablar, contar un problema y ahí está nuestra figura para escuchar y orientar. Cuando se ve que hay un problema, como el caso de dos personas que se quieren separar, que están distanciadas, que tienen mucha rabia, que prima la ira, el enojo, el orgullo, la soberbia, son pecados que todos conocen y uno puede ayudar. Pero la situación de vida de cada uno, se arregla con Dios. Lo primero que le digo a una persona es: no tengo por qué saber su pecado, es algo privado suyo, que debe arreglarlo con Dios…