Dos felicianenses se encuentran misionando en Angola

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Claudia Cagigas escribió un artículo en la revista virtual “El Espejo” destacando la labor de Sonia Loizaga, una conocida escribana de Chajarí, nacida y que vivió varios años en Feliciano, quien en 2016 dejó su profesión y su vida habitual para internarse en tierras africanas dispuesta a ayudar.

Un año dedicó a esta misión en Angola, junto a Teresita Sirimarco, otra mujer felicianense que en la actualidad reside en Paraná.

La primera impresión fue dura. Cacuaco es un pueblo muy humilde, con montañas de basura en las calles porque el municipio no dispone de fondos para retirarla, falta el agua, hay mucha pobreza y predominan las mujeres solas a cargo de varios hijos.

“Tienen de diez a doce hijos y en el camino se le mueren tres o cuatro. No hay mujer a la que no se le hayan muerto hijos”, contó Sonia Loizaga en el programa radial El Espejo (Radio Show Chajarí).

A las pésimas condiciones sanitarias hay que sumar que “mucha gente no tiene documento; es decir, nace y muere sin ser anotada porque no disponen de dinero para hacerlo”.

En realidad “todo es caro allá, tiene que pagar por la salud, por la escuela, en el barrio que estábamos no había médicos, eran puestos de salud con enfermeros. Si necesitaban un médico tenían que ir a la capital, a Luanda que está a 15 kilómetros y no tenían los medios para trasladarse”.

En tierra africana Sonia se alojó en una casa para voluntarios. Allí está también la Escuela Don Bosco y la casa de las Hermanas Salesianas Hijas de María Auxiliadora. “Cuando llegamos ellas nos dijeron que salgamos a la calle a conocer la comunidad y ver qué se nos ocurría para ayudar. Salimos, charlamos con la gente y organizamos charlas sobre la basura con la que deben convivir a diario. Les enseñamos cuidados básicos como lavarse las manos o hervir el agua (cosa que no hacían)”, explicó.

“El agua la sacan del río. En el barrio tenían una especie de cisterna donde cada uno iba con sus palanganas, la metían para cargarla y las mujeres se la ponían arriba de la cabeza para llevarla a su casa. Con esa agua se bañaban, tomaban, cocinaban, lavaban la ropa, todo”.

Además de las charlas sobre el agua y la basura, Sonia y una amiga dieron clases de catequesis y enseñaron a leer y a escribir a chicos que no podían ir a la escuela porque sus madres no tenían recursos para mandarlos. El portugués es la lengua oficial de Angola, pero como los adolescentes se interesaron mucho por aprender español, también a esta enseñanza se dedicaron.

 

En Cacuaco las mujeres se dedicaban “a la reventa de cosas” y los hombres a la pesca.

 

En esta zona de África “la clase alta está bien dividida de la clase pobre. En Luanda, la capital de Angola, hay shoppings, casas lindas y a la cuadra pobreza total”.

La desnutrición también es preocupante. “No pasan tanto hambre porque preparan una comida típica a base de harina de mandioca –como nuestro pirón-. Desayunan, almuerzan y cenan eso. También comen algunos animales de caza o un rehogado con hoja de mandioca. Pero eso no alcanza para cubrir sus necesidades”.

 

La causa de muerte más frecuente es la desnutrición.

“Enferman y el cuerpo no resiste y lo más triste es que no saben de qué mueren porque ni siquiera llegan al centro de salud (se quedan con la pastillita que le dio el vecino)”.

Luego de siete meses, Sonia dejó Cacuaco y se trasladó a Aldea Calulo, una comunidad rural donde la gente vive de la siembra de porotos, maíz y mandioca. Sus casas son de barro con techo de paja.

Pese a la miseria, a las pésimas condiciones de vida, a la marginalidad y al Estado ausente, Sonia destaca la alegría del pueblo africano. “Las misas son muy alegres, ellos son muy alegres y eso te moviliza mucho porque nosotros nos quejamos tanto y ellos con tantas carencias tienen una actitud tan diferente”.

Con una mirada retrospectiva y a la distancia, dejó una última reflexión: “Uno no va a terminar con el hambre en el mundo, pero por lo menos intentemos enseñarles a leer y escribir, darles herramientas para la vida”.