Barbirotto: “Antes los que traficaban droga no les vendían a los niños, como hoy”

0
1

BarbirottoEl Defensor de Pobres y Menores de Paraná, Pablo Barbirotto, sostuvo que en la dependencia a su cargo “en materia social se puede hacer muchísimo, pero el trabajo es desgastante porque el día consiste en tratar con personas, incesantemente. El 70% de las intervenciones son extrajudiciales, prestar el oído”, sostuvo. “En la facultad nos forman para el conflicto, que es exactamente lo que queremos evitar”, reflexionó.

–¿Qué es lo que vuelve vulnerables a los jóvenes y niños?
–La familia es fundamental. La contención del adulto es básica y, hoy por hoy, esa función social se ha desteñido o desdibujado. Hay otro tipo de familia que está consolidándose y cuando la organización es anómala, los chicos sufren las consecuencias. La escuela, en los hechos, puede reemplazar la contención familiar. Ahora, cuando el gurí abandona la escuela empieza un derrotero que generalmente termina mal. Es el primer paso hacia el delito. Por eso defendemos los programas de inclusión porque la escuela, al darle actividades a los alumnos, los termina conteniendo. El que se va de la escuela queda en el aire, al punto que la droga termina convirtiéndose en una especie de familia ortopédica.
Por fuera de estas consideraciones, el problema de niños y adolescentes que tenemos en Entre Ríos está vinculado a las adicciones. En un centro urbano como Paraná el consumo puede empezar a los once o doce años. Pueden arrancar inhalando pegamento, luego mezclan pastillas con alcohol para cobrar valor y salir a robar dinero o celulares, que les permita incursionar en otras formas de consumo.

–Se le vende a los chicos…
–Ahí hay un código roto, porque antes los que traficaban droga no les vendían a los niños, como hoy. Arrancan con la “muestra gratis” y después los reclutan como milicia. Puede ser duro para la mentalidad corriente pero lo que los gurises expresan es que el único rato en que no los acosa la violencia, los abusos, la pobreza, la miseria, la exclusión, es cuando están bajo los efectos de la droga.
Por eso, para prevenir la delincuencia juvenil se necesita un Estado sumamente presente, con políticas públicas inclusivas como la Asignación Universal por Hijo, que está incluida en la Convención de los Derechos del Niño. Lo que se agregó acá es la contraprestación de concurrir a la escuela y estar al día con el esquema de vacunación, lo que me parece perfecto. El lugar del chico es la escuela, no la calle. Los niños deben sentirse poderosos por las posibilidades a los que la escuela los habilita, no porque un delincuente le dé un arma para cometer delitos bajo el imperativo de proteger el barrio o el grupo.
Lo que se ha visto en el último tiempo en materia de homicidios tiene que ver con eso: se enfrentan entre ellos, entre distintas bandas, para escalar en el mercado de la droga. Y, aunque parezca mentira, ellos no ven el peligro, piensan en el fondo que es como en el cine o un videojuego, que nada malo les puede pasar. Eso es parte de lo que hay que ayudar a cambiar: que el chico se forme una mejor noción de lo real que es una manera de que se responsabilice de sus actos, de que lo que hace tiene consecuencias y puede derivar en perjuicios para él y para otros
Por eso, los especialistas insisten en que merece una atención diferenciada el delito entre menores y mayores de 18 años.

–Usted habló de la familia como primer nivel de sociabilidad y de la escuela, como un segundo nivel. ¿Qué pasa con los vecinos adultos, que en otra época ejercieron un rol potente?
–Lamentablemente, la presencia de bandas armadas en algunos barrios ha empujado a las familias a ensimismarse en su propia realidad, con lo que el sentido de comunidad barrial tiende a disgregarse. Por eso, recuperar las entidades deportivas y culturales, las comisiones vecinales o las institucionales sociales, recreativas, es tan importantes. Ahora, debemos aceptar que muchos barrios están construidos no ya para el aislamiento familiar sino directamente con un criterio criminógeno: monobloques cuyos moradores es imposible identificar, atravesados por una red de pasillos y escasos espacios abiertos, que parecen escondites que se ofrecen a aquellos que delinquen. Ahí se ve claramente que son muchos los factores que concurren sobre un mismo problema.
Me gusta repetir el dicho: “cabeza desocupada, oficina del diablo”, para justificar la necesidad de que pensemos en actividades que ayuden a los más chicos a salir del encierro, físico y existencial.
En el barrio Lomas del Mirador, los chicos se turnaban para asaltar a los que esperaban el colectivo, para cambiarlo por droga. Se incorporó la práctica de deportes, talleres de murga que derivaron en la formación de comparsas y el fenómeno bajó, hasta que aquellas actividades se abandonaron y volvieron los problemas.

–¿El escenario es el mismo que se repite o va evolucionando?
–Con relación a cinco años atrás, ha empeorado porque los chicos están armados. hay que evitar que se junten con armas y balas, empoderándolos por otro lado. Porque ellos, como todos, viven en una sociedad que proclama el éxito material como objetivo vital excluyente y, como no pueden contar con las herramientas del trabajo y el estudio como llaves para abrirse camino ni adultos que los aconsejen como corresponde, echan mano a lo que tienen disponible: el delito.
Pese a la opinión de tantos, con la Asignación Universal por Hijo bajó muchísimo el delito, más allá de que podría mejorarse algunos aspectos para optimizar la búsqueda del objetivo que debe ser el de mostrar un horizonte vital distinto. A eso hay que entenderlo: de cada diez chicos que están en el delito, ocho no van a la escuela.

–¿Cuál es la participación juvenil en el total de los delitos cometidos?
–En Entre Ríos, es uno de cada diez. Es muy baja. Y lo mismo pasa en todas las provincias. Estas estadísticas son las que manejan en el Congreso, por eso se frenan los proyectos para bajar la edad de imputabilidad, porque el universo que busca regularse es prácticamente insignificante y, de hecho, casi no hay casos de homicidios en los que estén involucrados menores, salvo aquellos en los que se enfrentan bandas. Sin dudas, a los hechos de violencia los cometen fundamentalmente los mayores de edad. Los delitos de los menores son el arrebato, el robo de motos, el hurto con escalamiento. Y lo cambian por sustancias o por zapatillas. También digo: siete de cada diez chicos que delinquen son consumidores de droga. Lo peligroso es que, para ellos, ingerir alcohol de manera desmedida o fumar marihuana está naturalizado, no lo consideran formas de consumo.

–¿Qué lugar han tenido los menores en la historia del Derecho Penal?
–No ha habido grandes cambios. El menor siempre ha sido minusvalorado por la ley, alguien a quien se debía proteger, nunca un ciudadano. Hasta el siglo XVII, los chicos eran adultos-bajitos: ni en las expresiones artísticas se encuentran niños haciendo de niños. No hay lugar para ellos. Recién en el siglo XIX, en Francia, se traza una divisoria pero no para darle más derechos a los menores sino para producir una distinción tajante en torno al discernimiento, a partir de lo cual se los pasó a considerar incapaces. Recién en 1889, en Estados Unidos, se creó el primer tribunal de menores, al calor del movimiento de los “salvadores del niño”. Ellos, gente de muy buen pasar económico, creían que había que hacer algo para corregir el destino de los chicos pobres, aunque para muchos, tras la fachada filantrópica, no han visto más que el invento de la delincuencia juvenil a través de la estigmatización.
Esa idea de que el Estado debe intervenir de un modo determinado para evitar males mayores ha estado presente en 1921 cuando se creó el primer tribunal argentino de menores y continúa pletórico de vigencia hasta el presente, con el decreto ley 2278 de 1980, que responde a la lógica del patronato de la infancia.
En 1989 se aprobó la Convención de los Derechos del Niño, considerada la Ley de la Humanidad ya que es el tratado que fue ratificado por la mayor cantidad de países, incluyendo el nuestro desde 1990. La reforma de 1994 le dio rango constitucional, sin embargo, en la Argentina nada sustancial cambió: la primera medida para un chico acusado de cometer un delito sigue siendo el encierro, la privación de la libertad sin reconocimiento alguno de las garantías procesales que se reconocen al común de los ciudadanos.
Finalmente, en 2005 se sancionó la ley de protección integral de los derechos de niñas y niños, la 26.061, que vino a derogar la Ley Agote en lo referido a los aspectos asistenciales, llamada así en honor al diputado conservador que la promovió. Así, hoy la nueva ley (26.061) protege al chico en situación de desamparo, pero en materia penal la Ley Agote sigue vigente.

–¿En los hechos, entonces?
–Rige para las cuestiones penales el decreto ley 2278, que doctrinariamente se apoya en la Ley Agote de 1919. Así ha sido para 17 generaciones de chicos argentinos y sigue siéndolo actualmente. La arbitrariedad a favor del juez es absoluta.
Por eso hay que tener magistrados y funcionarios judiciales cada vez mejor formados para que apliquen ante todo la normativa internacional. Téngase en cuenta que la Corte Suprema conminó al Estado argentino a modificar la ley 2278 y, más recientemente, hizo lo propio la Corte Interamericana al condenar a la Argentina por haber sancionado a un menor de 18 años con condena perpetua.

–¿En qué habría que cambiar?
–Para la ley penal actual el menor es un objeto de protección cuando en realidad tendría que ser un sujeto de derecho. El Congreso debe imaginar un régimen de responsabilidad, donde el chico tenga a su disposición en conjunto de derechos y garantías, incluso mayores a las que tiene el adulto en proceso, entre las cuales se encuentre la posibilidad de la defensa ante una acusación formal y fundada y, además, una sentencia.
Mientras el derecho penal de adultos es retributivo (a cada delito le corresponde una determinada sanción), el de niños y adolescentes debe ser restaurativo, es decir, debería tender a responsabilizar al chico en lugar de darle toda clase de prerrogativas al juez bajo la excusa de que en eso consiste el amparo, el tutelaje.
Para mí, con el chico de 14 o 15 años hay que trabajar en la responsabilización, sin medidas privativas de la libertad, tal como señala la Convención. Y con los de 16 o 17 años se puede intentar un proceso pleno e insistiendo en la responsabilización, con una pena mayor pero nunca equiparada con la que le correspondería al adulto.
La sanción en el menor debe tener un sentido educativo, en tanto el chico tiene que tomar conciencia de lo que dice la ley y tiene que entender por qué la violó, es necesario que advierta que hay un bien jurídico que la sociedad pretende resguardar pero también debe notar que hubo una víctima a la que le provocó un perjuicio y que sus acciones tienen consecuencias futuras.
Si este proceso se asegura, el cuerpo de profesionales puede trabajar luego sobre terreno firme, lo que hoy no ocurre porque no queda precisada la responsabilidad sobre el acto.

Infancias perdidas
Los menores en el mundo de la droga mereció otras reflexiones de parte de Barbirotto. “No hay que ir hasta México, Brasil o Colombia para ver que el narcotráfico es una trampa mortal para los niños y jóvenes: en Rosario, “Los soldaditos” están encargados de vigilar y transmitir novedades a través de celulares o handy. Son modos de empoderar al gurí y de que se inicie en la banda, en un contexto en el que para la sociedad es invisible mientras no moleste, tanto que una criatura puede abrir la puerta de un taxi en la Terminal a la madrugada y en lugar de que se llame al 102, el teléfono del niño, se le da dos pesos y el pasajero se siente una gran persona, en lugar de advertir el problema real porque ese niño está sin ninguna duda en situación de riesgo. Y para el Estado, que debiera protegerlo, suele ser un número, un expediente, un caso, sobre el que, por ejemplo, un juez puede disponer que sea internado hasta los 18 años de edad sin juicio alguno, sin posibilidad de defensa obviamente, sin haber comprobado si es cierto aquello de lo que se le acusa, simplemente porque le parece que es lo mejor. Ese chico, apenas una sombra que pasa delante todos, se hace visible cuando produce un arrebato, apunta con una pistola o amenaza con un cuchillo para asaltar”.
También dejó sus impresiones sobre el modo en que operan los medios de comunicación. “Sobre todo los de impacto nacional, ayudan a instalar la idea de que el enemigo social es el menor, repitiendo sin cesar los incidentes con chicos, cuando en la proporción total su participación es ínfima. Y, sabiendo que hoy por hoy un político es en tanto sepa aprovechar la mayor cantidad de minutos en cámara, se enganchan con esta onda y sostienen posturas sin fundamento alguno, a cambio de popularidad mediática”.
Por último, consideró en declaraciones a El Diario, que “de manera grosera, los dirigentes en general repiten aquello que el hombre y la mujer común quieren escuchar (mayores penas, bajar la edad de imputabilidad, etc.), en lugar de formar equipos que piensen en profundidad cómo solucionar el grave problema social que origina estas manifestaciones delictuales”.