Cómo sufren los hijos ante un divorcio y qué hacer para ayudarlos

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Cada vez quedan menos matrimonios duraderos y promesas de amor para toda la vida. Lamentablemente una frase más realista a estas o futuras épocas en términos de uniones civiles y religiosas debería ser “hasta que el divorcio los separe”. Del 2011, uno de cada 3 matrimonios argentinos se divorcia y el 90% de quienes llegan a esa instancia, lo hacen por presentación conjunta, después de muchos años de desencuentros y de ventilar cuestiones privadas en los estrados judiciales. Se presume que a partir de que se apruebe la reforma del Código Civil, donde en un trámite express no será necesaria la voluntad de ambas partes para separarse, se multiplicarán geométricamente muchos más los divorcios, debido a que después de cualquier discusión, más de uno correrá a llenar los papeles separatoriales. ¿Y los hijos? Focalizados en este nuevo contexto, donde ha ido quedando desdibujado el concepto de “familia”, los psicólogos intentan ayudar a cada una de las partes a sobrellevar ese difícil momento de ruptura, aún más cuando hay hijos en el medio. El divorcio impone 2 tareas a los adultos: una es reconstruir su vida y la otra es seguir cumpliendo las funciones de padre o madre, con la misma calidad que cuando compartían el hogar.

Días pasados, la Lic. en Psicología Vanesa Bolenberg, quien brinda asesoramiento terapéutico gratuito a personas de escasos recursos, en el Centro Familiar Cristiano de Crespo en el B° Cerro Las Rosas II, se refirió al aumento de casos de hijos de padres divorciados y toda la problemática que habitualmente se desata alrededor de quien pasa a vivenciar esta situación. “En su momento parecían la excepción y hoy prácticamente ha pasado a ser lo contrario, ya son poco comunes los hijos de padres que no están divorciados”, dijo la profesional, dando cuenta de la masividad que ha tomado el tema. La psicóloga sostuvo que cuando los padres comienzan con el proceso de divorcio, deben estar muy atentos a ciertos síntomas que pueden aparecer en los niños y detalló: “Surgen cambios en la conducta, en su manera de ver y expresar las cosas, en el modo en que se relacionan con sus compañeros y con los demás miembros de la familia e incluso en el rendimiento escolar. La separación implica de por sí una dificultad importante para cada integrante de la pareja, pero siempre la distancia debe ser entre ellos y no con los hijos. En medio de esas situaciones es complicado pensar con claridad, pero el conflicto que se está resolviendo tenía como protagonistas a los grandes, no a los más chicos”.

Los hijos, a diferencia de los adultos, no perciben el divorcio como una segunda oportunidad para iniciar una nueva etapa en la vida. Lo aprecian como un motivo de sufrimiento, ya que se desestabiliza la estructura familiar, que concebían como contención y apoyo. Las primeras reacciones están vinculadas al temor, ya que experimentan una profunda sensación de pérdida y tristeza. Durante años los niños luchan contra sus sentimientos de enojo, esperando en su mayoría, que sus padres algún día no muy lejano se reconcilien.

Sin incidir demasiado la edad que tengan los hijos, en los consultorios psicológicos habitualmente se advierte cómo los hijos son víctimas del divorcio y también del pos-divorcio, porque las aristas del conflicto que la pareja no pudo resolver, se sigue prolongando en los hijos y frecuentemente éstos se conviertan en receptores de todas aquellas cosas que no tuvieron oportunidad de decirse cara a cara sus padres. Cuotas alimentarias y regimenes de visitas, encabezan las disputas de las que los chicos son objeto, perturbándolos en mayor o menor medida, dependiendo de su capacidad de adaptación y entendimiento. Al respecto, Bolenberg comentó: “Los divorcios no son sólo papeles que se firman un día como si todo empezara y terminara en ese acto. Las separaciones son la consecuencia de un desgaste, de un proceso que a veces lleva años y por eso siguen los ‘tires y aflojes’ mediante los chicos. Los hijos no pueden ser un objeto de cambio para el chantaje, una moneda de negociación ni un motín de guerra. Mamá y papá deben procurar que ellos no queden ubicados en ese lugar. Muchos adultos tienen dificultad para diferenciar los tipos de relación y les cuesta comprender que no tienen un hijo del desprecio, sino que fue deseado y querido por ambos, sólo que algunos afectos han cambiado, pero no hacia los niños”.

Sean menores, adolescentes o jóvenes, los hijos de las parejas que se divorcian siempre sufren. Enojos, tristezas, reclamos y reproches, son algunas de las reacciones que adoptan los pequeños para autopreservarse del daño emocional que les causa la situación. “Los chicos sufren por los cambios que se le presentan y que son cuestiones innegables o que no pueden evadir. Terminar durmiendo algunas noches en una casa y otras en otra; pasar algunas fiestas sólo con mamá y otras sólo con papá; tener de repente 2 ámbitos mientras intentan asimilar que sus padres ya no estarán juntos es difícil”, dijo la profesional. En este sentido, la psicóloga resaltó como fundamental evitar que un progenitor hable mal del otro, porque para el niño cada uno ocupa su lugar y tiene su afecto ganado. Asimismo, recomendó: “Hay que darle un tiempo y un espacio al trabajo de duelo, porque ha habido una ruptura en la estructura familiar y para los más chicos resulta necesario hacerloHay una relación perdida que a ellos les afecta, que los ubica en otra posición, porque uno queda en casa y otro se va y todo eso es un proceso de reajustarse. Si los padres están dispuestos a divorciase causando el menor sufrimiento a sus hijos, se puede lograr. Tienen que pedir orientación y dialogar estas cuestiones, porque no es imposible”.

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