Salvarezza: “La gente le teme a la palabra vejez”

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El médico y especialista en psicogerontología, Leopoldo Salvarezza, cuestionó ayer los eufemismos que se utilizan para evitar la palabra “viejo” y consideró que “si la niñez produce niños; la adolescencia, adolescentes; la adultez, adultos, ¿por qué la vejez tiene que producir tercera edad o adultos mayores?”.

“Algo pasa que la palabra ´viejo´ produce malestar. Y eso no le pasa sólo al adulto mayor, sino fundamentalmente a quien lo dice porque tiene que ver con una connotación negativa que se le da al término”, explicó a Télam Salvarezza, miembro de la primera cátedra de Tercera Edad y Vejez en la Facultad de Psicología de la UBA.

Salvarezza es médico, psicoanalista y psiquiatra, y se especializa en la problemática del envejecimiento desde 1970, cuando creó en el Centro de Salud Mental Nº1 el primer servicio en Argentina de Psicogeriatría y Psicoprofilaxis de la Vejez.

Además, lleva publicado numerosos artículos, investigaciones y libros entre los que se encuentran “El fantasma en la vejez”, “Psicogeriatría. Teoría y clínica”, y “La vejez. Una mirada gerontológica actual”.

– ¿Cuál es el término adecuado para definir a este grupo?

-El tema es que como a cada uno le incomoda su propia vejez no sabe bien cómo referir al viejo. La gente le teme a esa palabra, pero todo depende del grado de cariño que se ponga al decirla. Viejo no es una mala palabra en sí misma.

– ¿Cuáles son las denominaciones que habría que evitar?

-“Abuelo”, por ejemplo, es muy común y es incorrecto. Es una usurpación de título porque no todos los viejos son abuelos y porque además, uno no es el nieto de cada viejo. Sin embargo, es un término muy usado, sobre todo en algunos ámbitos de la salud. Tampoco se trata de decirle “viejo” cuando la persona tiene su nombre.

– ¿En el ámbito académico hay alguna definición al respecto?

-Siempre señalo que una de las deudas que tenemos los gerontólogos con la sociedad es definir cuál es nuestro objeto de estudio, cómo se llama, qué edades contempla, etc. Yo suelo resolver el tema de la siguiente manera: el envejecimiento es un fenómeno que ocurre en todos los organismos vivos que es el resultado del crecimiento y la acumulación de años y no hay cómo combatirlo.

Por más que uno se haga cirugías, se ponga botox, el organismo sigue envejeciendo. En cambio ser “viejo” es algo que debe ser pensado desde el punto de vista subjetivo personal. Cada cual va a determinar en un momento de su vida que es viejo para determinada cosa, es decir, son decisiones subjetivas individuales. De esta forma se evita la generalización.

– ¿Cuándo comenzó a hacerse evidente que la población estaba envejeciendo?

– El aumento de la expectativa de vida se empezó a detectar a partir de la segunda mitad del siglo XX. En ese momento la gente comenzó a darse cuenta de que había más viejos en todos los espacios y esto empezó a incomodar. Digamos que esta situación fantástica que constituía el resultado de una lucha histórica de la humanidad de pelear contra la muerte, en lugar de tomarse como algo positivo fue un problema.

– ¿Qué consecuencias trae esta situación?

– Para quienes conforman la sociedad, ver al viejo los enfrenta con una regla de hierro: el ser humano muere joven o envejece. Los viejos fueron entonces colocados al margen de la sociedad, se los puso en una situación vulnerable que se tradujo finalmente en el hecho de ser segregados. Los viejos pasaron a ser “los otros”.

Incluso a la hora de comenzar a estudiar el fenómeno del envejecimiento se los miraba desde afuera, en lugar de entender de que estamos hablando de nosotros mismos, porque el verdadero objeto de estudio de los gerontólogos es la sociedad misma que envejece.

– ¿Hay diferencias entre aquellas épocas y ahora?

-Hubo cambios, por supuesto. Esta entrevista, por ejemplo, no hubiera existido hace cincuenta años. No había referentes universitarios ni cátedras de gerontología y cuando se pretendía dar una charla o una conferencia iban cuatro personas. A partir del esfuerzo que hicimos un grupo de colegas en la Argentina y en otras partes del mundo se empezó a corporizar la figura del viejo.

Se empezó a ver que a pesar de que quisiéramos marginarlo estaba ahí, y generaba un problema que había que solucionar. En el ámbito académico ahora está lleno de personas que se interesan en el tema y que buscan descubrir cuáles son los aspectos que hay que remarcar del envejecimiento y la vejez.

– ¿Cuáles son los aspectos que continúan?

-En la conversación diaria, en el tratamiento coloquial sigue apareciendo una mirada negativa hacia la vejez. Están instaladas determinadas expresiones como “el viejazo”, o tal cosa es vieja y nadie termina de aceptar la vejez con el humor que debería. La juventud sigue siendo un valor fundamental. De hecho, cuando a una persona mayor se lo ve bien se le dice: “estás joven”.

– ¿Cómo le parece que los medios comunican la vejez?

– No es bueno generalizar porque hay distintos tratamientos; pero sobre todo en la televisión no hay espacio para los viejos, pese a que son los mayores consumidores mundiales de TV. Si nos ponemos a pensar, no hay ninguna serie protagonizada por viejos y siempre que aparecen están en lugares secundarios muy estereotipados: son los que se enferman o los que tienen problemas relacionados con el paso del tiempo.

– Lo mismo sucede en las publicidades…

– Recuerdo que, en la época en que todavía estaban vigentes las AFJP, había un comercial que mostraba adultos mayores en diferentes situaciones felices y muy activos y la canción de fondo era: “For ever young” (Por siempre joven). Este es el asunto, si uno se sienta frente a la televisión y ve que el personaje importante es siempre joven, uno a la larga va a querer ser joven.

– ¿Cuál fue su motivación para dedicarse al envejecimiento?

– Cuando yo comencé era muy joven y la pregunta sobre la vejez era recurrente. Como no sabía qué responder, me puse a trabajar con los viejos en defensa propia, porque sabía que en algún momento me iba a llegar y quería estar lo mejor posible. Hoy, cuarenta años después, pienso que realmente fue así.

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